Era la noche de Navidad de 1223.
Por los caminos, por los atajos cercanos, avanzaba un inusitado cortejo, rumbo a aquella montaña, cuya ladera, cortada a pico y abierta una y otra vez en numerosas grutas, se alzaba al otro lado del valle.
Pero no era un cortejo organizado. Era más bien pequeños grupos que caminaban, cantando himnos y salmos, hacia una de aquellas grutas abiertas en la ladera, cerca ya del bosquecillo de la cumbre. Los componían frailes mínimos de los eremitorios vecinos, hortelanos del valle, comerciantes y artesanos de la pequeña ciudad. Bajo la luz incierta de las estrellas, alumbrándose con antorchas y con cirios, llevaban en el alma idéntica humildad y una alegría igual a la que otra noche, mil doscientos veintitrés años atrás, habían llevado en la suya aquellos pastores a quienes anunciara el Ángel:
“Hallaréis al Niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre.”
Sólo que el Ángel, esta vez, se llamaba Francisco. Y era un fraile de mediana estatura, magro de carnes, flaco de penitencias, cuyos ojos oscuros, a medida que iban perdiendo la luz, se iban llenando de otra luz distinta, como más clara, como más profunda. Un fraile, en fin, que veinte años antes, cuando era un guapo mozo, había renunciado a su armadura aún no estrenada de caballero para convertirse en “el Poverello de Asís”. Y que ahora, “cada vez que pronunciaba el dulce nombre de Jesús se relamía los labios como si hubiese gustado miel”.
Dos semanas antes, ese fraile había ido a ver a Juan Velita, señor de Greccio, para decirle:
“Desearía celebrar contigo la próxima fiesta del Salvador y conmemorar su nacimiento en Belén de manera que se me representaran a lo vivo los trabajos que desde la infancia sufrió para salvarnos. A este fin querría que en este lugar de la montaña colocaras un pesebre con heno y que trajeras un asno y un buey, como aquellos que aconpañaron al Niño Jesús.”
Juan Velita se mostró lleno de gozo. En cuanto a San Francisco, era tal el júbilo con que hacía los preparativos que tuvo que explicarle a sus frailes:
“Dejadme, hijos míos, dejadme que soy el loquillo del Niño de Belén.”
¿Quién mejor que él habría podido encontrar toda la belleza y toda la poesía de esta noche única de la Navidad?
El “loquillo del Niño de Belén”, sin embargo lo había previsto todo muy c
uerdamente
. Y siendo, como eran, tiempos siempre amenazados de herejía, se cuidó muy bien de que no se fuera a tachar la suya de innovación peligrosa, sometiéndola previamenta a la aprovación del Papa.
Ahora estaba allí, junto al asnillo y al buey que dispusiera su amigo. Una imagen del Niño Jesús descansaba en el pesebre, en torno al cual se iban congregando los que llegaban.
En la paz de la noche, las rocas devolvían el eco de los cánticos y nadie habría podido decir exactamente que eran sólo las antorchas y los cirios los que habían inundado todo de claridad.
A la hora exacta comenzó la misa, sobre un nicho inclinado convertido en altar. Fray Francisco asistía al celebrante como diácono. Fue también él quien predicó el sermón y quien anunció, una vez más, la Paz del Cielo a los hombres de buena voluntad.
Después de aquella primera Nochebuena, sin duda fue ésta de Greccio la más transida de milagro. Cuentan las crónicas que muchos enfermos recobraron allí la salud; que algunos animales domésticos la encontraron también.
Y Juan Velita, señor del lugar, contó, además, haber visto esa Noche, con sus propios ojos al Niño Jesús, dormido primero y, después, sonriendo a San Francisco de Asís.
